GUSTAVO.
Desde que se
nubló tu mente, esta ciudad,
se inundó de un gris cemento, sin color,
cautiverio
sin rejas, de negra oscuridad,
de ojos torvos
vigilando la presa del dolor.
Vas montado
en la miseria de la música moderna,
el calor
ondulante de tu voz abre los poros del alma,
no es posible descifrar los designios que
gobiernan,
las ilusiones
caprichosas que te tienen en esa calma.
Tu ausencia
dejó a las metáforas sin memoria,
deambulando a tropezones las calles perdidas,
mientras tus
letras intentan intuir la trayectoria,
de un
sentimiento que no encuentra salida.
Ya no hay
quien cante esas historias tal cual,
de desordenar
átomos para provocar presencias,
ya no hay
guardianes del universo cultural,
en tus ideas
dormidas esta toda esa esencia.
Tu silencio es
el pecado de anacronismo real,
que nos lleva
a creer que aun estas pensativo,
y el tiempo hizo también un silencio sideral
en los despojos añejos del placer auditivo.
Vuelvo a husmear el baúl de los recuerdos,
donde cada melodía es una pieza suelta,
tratando de encajar en el rompecabezas lerdo,
de la esperanza de verte en pie de vuelta.
El cigarrillo que se alimentaba con la llama,
se convertía en
una bocanada llena de tu voz,
que siempre quebraba
al dolor que lo aclama,
y queda como consuelo de la partida precoz.
La media sonrisa que siempre insinuaba callada,
llevándonos mansamente a ese profundo agujero,
aun demuestra estar disfrutando a carcajadas,
el hecho de meter
otra vez al zorro en el gallinero.
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