viernes, 8 de junio de 2012

GUSTAVO

GUSTAVO.

Desde que se nubló tu mente, esta ciudad,
 se inundó de un gris cemento, sin color,
cautiverio sin rejas, de negra oscuridad,
de ojos torvos vigilando la presa del dolor.

Vas montado en la miseria de la música moderna,
el calor ondulante de tu voz abre los poros del alma,
 no es posible descifrar los designios que gobiernan,
las ilusiones caprichosas que te tienen en esa calma.

Tu ausencia dejó a las metáforas sin memoria,
 deambulando a tropezones las calles perdidas,
mientras tus letras intentan intuir la trayectoria,
de un sentimiento que no encuentra salida.

Ya no hay quien cante esas historias tal cual,
de desordenar átomos para provocar presencias,
ya no hay guardianes del universo cultural,
en tus ideas dormidas esta toda esa esencia.

Tu silencio es el pecado de anacronismo real,
que nos lleva a creer que aun estas pensativo,
y el tiempo hizo también un silencio sideral
en los despojos añejos del placer auditivo.

Vuelvo a husmear el baúl de los recuerdos,
donde cada melodía es una pieza suelta,
  tratando de encajar en el rompecabezas lerdo,
de la esperanza de verte en pie de vuelta.

El cigarrillo que se alimentaba con la llama,
 se convertía en una bocanada llena de tu voz,
 que siempre quebraba al dolor que lo aclama,
y queda como consuelo de la partida precoz.

La media sonrisa que siempre insinuaba callada,
llevándonos mansamente a ese profundo agujero,
aun demuestra estar disfrutando a carcajadas,  
 el hecho de meter otra vez al zorro en el gallinero.


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